| Cítara de carmín que amaneciste trinando endechas a tu amada esposa y, paciéndole el ámbar a la rosa, el pico de oro, de coral teñiste; dulce jilguero, pajarito triste, que apenas el aurora viste hermosa cuando el tono primero de una glosa la muerte hallaste y el compás perdiste: no hay en la vida, no, segura suerte; tu misma voz al cazador convida para que el golpe cuando tire acierte. ¡Oh fortuna buscada aunque temida! ¿Quién pensara que cómplice en tu muerte fuera, por no callar, tu propia vida? |